domingo 17 de agosto de 2008

SALAMANCA



No hizo nunca falta preguntar de dónde era ni por dónde caminaba porque siempre me sentí en casa. Sus calles son la prolongación de mi pasillo y supe desde pequeño que sus gentes, dicen que secas, parcas, sin sal (No lo siento así) eran mis vecinos.

Desde mis primeros pasos me contaron que la plaza no es perfecta, pero a mi me parece una enorme joya. Que desde sus campanarios se puede tocar con la punta de los dedos el cielo y así llegué a sentirlo una tarde de verano cualquiera. Que subiendo por Compañía la soledad es más llevadera y cada amanecer, cada invierno, sus piedras calientan la vida. Que sus fachadas son retablos y el río un espejo y que su silueta iluminada en la noche es el capricho en arena de playa bañado por este cielo que cae sobre nosotros. Que sus suelos comunican mediante pasajes las leyendas más inverosímiles, otros tiempos. Que sus calles huelen a ayer y sus piedras se derriten de belleza cada atardecer. Que sus trajes son de oro y en sus fachadas se puede leer sangre. Que se ve más filigrana en la piedra que en las joyerías y tras una de las conchas se esconden tesoros aunque pienso que para tesoros los recuerdos que dejo yo bajo sus piedras.

Me hablaron que no hubo terremotos que pudieran con su fortaleza ni bandos que no apaciguara la mano de Dios. Que en verdad el cielo de Salamanca está en el Patio de Escuelas porque el cielo estuvo desde el comienzo cerca de los jóvenes, sus estrellas son nuestras. Que la torre de la catedral no es un campanario sino un faro que se yergue para iluminar los trenes que vuelven cada madrugada y un astronauta navega en el espacio pétreo de una de sus puertas aunque las manos que las tallaron disten siglos. Que “la Vieja” a pesar de ser vieja no tiene nada que envidiar a “la Nueva”. Que el gallo seguirá perenne en la torre como el suspiro cada anochecer al iluminar la plaza.

Me dijeron que sin saberlo te cruzas con ángeles de la guarda, con gente de paz, de bien. Que los silencios de sus gentes valen más que mil palabras y muchas veces no se oyen los aplausos porque aquí con el pálpito del corazón basta. Que en alguna cueva llegó a morar el mismísimo diablo y en sus palacios habitan seres que no pertenecen a este mundo. Que cada domingo no es la algarabía la que alza la voz en el centro sino que lo hace la dulzaina y el tamboril al ritmo que marca esta tierra acompañados de las castañuelas que son la canción salidas de la sencilla unión de manos y encina, la misma que campa a sus anchas en este campo castellano desde hace siglos. Que cada Noviembre se escala la Catedral hasta lo más alto para honrar a Dios y cada verano la tuna es nuestra banda sonora. Que en la primavera la Pasión está en la calle, sobre los hombros. Que por estas calles caminaron Santos, Literatos, Reyes, Universitarios, Lazarillos, Necios, Intelectuales, Descubridores, Reconquistadores... y detrás de cada medallón hay una intensa vida. Que enhechiza la voluntad de volver a ella…

Y yo me lo creí.

Y me lo creí caminándola y desgastándola con la mirada porque siempre me sorprende algo nuevo. Y me sumergí en sus historietas, imaginándome en otro tiempo, con otra ropa, con otra vida, en otra Salamanca. Y paseé por una ciudad Universitaria por naturaleza siendo universitario de aquellos de capa y sombrero. Descifrando y empapándome de las palabras de un doctor y de un edificio que en sí mismo es pura doctrina. El saber de antaño. Y me vi callejeando entre carretas y piedras, entre mendigos y sabios, entre edificios derruidos y otros recién nacidos. Y me sentí turista en mi casa pues siempre hay alguna habitación secreta que se resiste a abrir o quizá perdí la llave en algún sueño. Pero sin dudarlo sentí el calor de mi tierra en el aire porque es único y no se esconde. Estoy en casa.

Y el que quiera saber… ¡que vuelva!

viernes 4 de abril de 2008

365 DÍAS

Hay una semana que dura 365 días que guardo en una caja dorada donde entran miles de cosas y una rosa.

Hay 7 días que espero durante los 358 anteriores y una cuenta atrás de 40 que por esta vez se me hizo más llevadera con un viaje en la mochila.

A veces pienso que el tiempo a penas corre o que va tan rápido que no hay oportunidad de mirar, respirar y tomar conciencia que vives y no solo eres un espectador. Aunque estés sentado en la Plaza de España de Sevilla con la mejor compañía. Tu mente sigue caminando de un lugar a otro, cruzando el río o regalando un beso al talón del que Todo lo Puede. Y puede que me supiera a poco 3 días, 2 noches, los kilómetros sobre los pies y los cafés de media noche, no lo sé, pero estoy seguro que saborearé su olor cada rato que pueda. Mirando atrás. Seguiré poniendo una sonrisa cuando piense en ello, cuando sienta la colleja del mejor de los guías acompañado de “¡macarra!” o vuelva a estudiar cada foto por enésima vez. Seguiré sonriendo. Como el que tiene la ilusión de descubrir algo nuevo o sueña que no estuvo antes allí para sorprenderse con cada puerta que traspasa. Volveremos.

También guardaré en la caja lo que quise oír, ver y presenciar en la distancia a lo largo de estos 40 días. “Mira, ahora estarán rezándole a la Dolorosa antes de bajarla de la capilla” me decía aquel miércoles en voz baja para que casi no lo oyera y se me olvidara. “Mira, ahora empezaría la novena”. “Mira, ahora Antonio estará con su pregón…” “ahora estarán cenando…” y visité a las Angustias para que se me pasara la morriña (pero no lo hizo) antes de encontrarme con un ensayo de pasos que pasó a segundo plano cuando recibí la llamada desde Zamora con el “Mozo” en la calle. Es verdad, aquella noche empezó la Semana Santa (lo oí en la banda) o por lo menos fui consciente de que estaba a punto de hacerlo y con este detalle caí en la cuenta que al día siguiente Ella junto a la Cruz descansaría sobre mis hombros, buscando con Sus ojos en el cielo de Salamanca la Luz del Mundo o quizá fuera yo el que descansara mirándola… Un año más… o cuatro…

Desde la oscuridad del paso, viendo a través de la celosía la claridad de la capilla agradecí estar en aquella situación. Un “¡déjasela ahí!” de un hermano que cada día es más grande como un “¿Qué tal vas?” de un primo con el que solo comparto apellidos pero no sangre y unos vellos erizados al traspasar el dintel con esfuerzo. Gracias.

Y mientras escribo, mientras revivo una semana que me cansó con un cansancio que no molesta ni pesa, me doy cuenta que se escapó entre mis manos demasiado rápido, que me faltan días y horas en el recuento. Pero reconozco a la vez que ese es el encanto de la Semana que es ya pasado. Un Domingo de Ramos en el que ya somos 4 azules aunque lo fuéramos antes sin medalla. Quedarte con más ganas de Lunes Santo que nos dejó con un abrazo en el silencio a medias, chocolatinas en el bolso, un cardo y fotos que casi son un beso en el tiempo. Tornó a Lunes de luna y estrellas la noche que escasamente una hora antes lo era de lluvia y lágrimas. Esperaré otro año que no sé si será igual (como ya te dijimos en la carta) e iremos a ver los Estudiantes para que nos dé Luz. Al Flagelado haciendo un descanso con una hamburguesa que ya tomamos como tradición para recuperar energía y calor que se pierde camino a casa, por muy rápido que vayamos. Que de ratos… ¿Verdad?

Querré madrugar el jueves y ayudar para que la capilla brille más que otros días (y si es con mi madre mejor que mejor). Subir, bajar, ir, volver, inventar… sentirse útil. Querré hacer un descanso sentado en un banco o donde tercie con una torrija en una mano y una conversación en la otra y esta vez sí, tomaremos la coca cola que espera desde fin de año. Me volveré a escapar junto a la noche más fría solo para ver cómo camina la Ramona. Me conmoverá cuando recién descendido Su Madre le bese los pies en el Gólgota del Campo San Francisco un Santo Viernes de luto dorado. Dejaré la capilla llena de hermanos azules, al Doctri, al Nazareno, a la Dolorosa y el Sepulcro para sentir el peso de Los Azotes que le dieron y mostrar a los boquiabiertos salmantinos Su espalda. Cuando a toque de martillo empieza a costar levantar la semana. Llegar de nuevo al punto de partida con la satisfacción de acabar. Abrazar por sorpresa a una amiga con la que aparezco en todos los recuerdos de clase y ver como entran poco a poco los que dejé en la Capilla esperando.

Supe cerca de la puerta, al compás de Mater Mea, que ya se acababa pero preferí hacerme el loco para no pensarlo. La vi entrar imaginando que estaba debajo acariciando con la mano con la que sostiene el pañuelo, mi hombro. ¡Hasta el año que viene! -le dije con la mirada y siguió mirando al cielo.

Aunque intenté alargar la noche tanto como los párpados me dejaban, sin remediarlo eran las primeras horas del Sábado, lleno de oscuridad en la plaza de Soledad y luz y lleno de soledades en la Liberación. Había poco de la semana que se dejara exprimir a esas alturas. Unos pasos que desmontar, una carta a medias de escribir, unas pastas que recoger… Dormí y desperté sin darme cuenta con el sol de la Resurrección esperando los abrazos últimos y el rojo marchito del clavel. Caminando juntos…

Pero lo viviré otra vez, no hará falta escribirlo. Estaré allí. Será cualquier día. Escucharé la música, el silencio. Sentiré el calor de las velas o del apretón de manos. El frío de la Capilla con las puertas abiertas de par en par. La voz. El martillo. El olor de la cochera o de las flores recién puestas. Oiré el crujir de la madera. Veré el reflejo en los cristales y la rosa en la mano. Tantas veces como quiera, en clase de mate o dibujando, da igual. Y no será Semana Santa ¿o sí?

Siempre es Semana Santa en la vida de un tonto de capirote.

lunes 31 de diciembre de 2007

OTRO QUE SE VA


No me queda nada que terminar mas que el año, dejar que se vaya tal como vino, casi sin darme cuenta. Esperaré, sentado y rodeado de los míos, como cada año, que las doce uvas den paso a los doce meses y nos deparen nuevos sueños, aires frescos, nuevas vidas.

Desear que en este que en unas horas llega, volvamos a sentarnos en la misma mesa, con la misma gente pero un poco más viejos, puede que un poco más sabios. Empezarlo con la emoción con la que descubres el sabor de un caramelo que no sabes si te gustará pero tienes la certeza que tendrá cosas dulces y otras amargas. Como este año, como el anterior, como los que vienen…

De este que se va, me intentaré quedar con lo más dulce, con las cosas que me llenaron y que ahora solo viven en el recuerdo acompañados de una sonrisa. Con los cambios y lo que continúa como siempre. Que lo viejo dé paso a lo nuevo y de paso se lleve lo que deba olvidar. Campanada tras campanada.

Pediré que cada uno viva lo que quiera, que es muy fácil aunque nosotros lo hagamos muy complicado, y sepamos luchar por lo que nos hace felices. Sin miedo a nada. Disfrutando de cada gesto, cada caricia y de la magia de esta noche, vieja y dorada para que haga de cada minuto una hora, de cada hora un día… Para que sea más el tiempo por vivir con vosotros.

Para ti, te desearé la paciencia ante lo incomprensible. Te desearé sonrisas pues las lágrimas vienen solas por desgracia. Rezaré por él y por vosotros para que las heridas del corazón escuezan lo menos posible.

Para ti, que sigas tan feliz como ahora, que siga disfrutando de tu compañía y riendo aunque no te apetezca. Que seamos 3 en la distancia. Siempre 3.

Para el ADLG, dulce compañía, que nos sigamos cuidando por mucho tiempo (que todo siga igual).

Para ti, que me faltas en clase, todo lo mejor, todo el cariño y para ti el doble de lo bueno que das a los demás.

A ti te desearé sueños nuevos, con la fuerza y la valentía que demuestras continuamente porque lo llevas escrito en la piel y la misma emoción que nos dan tus palabras. ¡Qué más da que la sangre no nos una! (De las mejores cosas de este año).

A ti, que sigas siendo solo amor, aun sin pelo.

Para el “tufis”(para mí no lo es) que siga abriendo la cochera cada tarde inventando y creando carrozas de donde yo solo veo madera con el juego que le da “Parchís” (¡Quién te iba a decir…! Para ti también que seas muy feliz, por lo menos como ahora) y para el otro tito, que sin verlo por estos caminos sigo caminando a su lado porque tengo muchas cosas que aprender y hablar. Para el que nombra los días que siga enseñándonos cada día y tenga suerte en el MIR.

Para vosotros que aunque no os vea en la habitación sé que estáis allí. Sin más.

Feliz año para todos.

Tenemos un año por delante por descubrir y devorar. Que se cumplan todos vuestros deseos que en definitiva es el mío.

sábado 10 de noviembre de 2007

SOLO AMOR

Normalmente el amor que sientes más cerca por primera vez es el de madre, el amor que nunca muere,que se espera durante nueve meses y se alarga de por vida, el que te quita todo y gustosamente lo ofrece porque es amor. Sencillamente.

Pero recordé en la noche de los Santos que hay otro amor. Uno que rasgó mi “yo” e incluso hería al notarlo. Fue la demostración más parecida y cercana de este. La solidaridad extrema. El trabajo más altruista.

Hablaba del amor de una madre pero entonces me mostraron otro. El amor de Hijo (en este caso es con mayúsculas) que de alguna forma tornó en madre cuando su padre lo necesitó. Una hija que velaba cada noche cerca del padre, como una madre acuna a su hijo recién nacido. Pendiente de cada pálpito, de cada respiración, de cada mueca… Me mostró un amor egoísta que le pedía dejar de pensar para solo le diera tiempo a dar. Vivir solo para una persona para que sus manos fueran las manos del padre, al igual que sus piernas, sus brazos, sus pies… Y olvidarse de una misma y del mundo que se sigue moviendo alrededor, de qué es dormir, el cansancio y esconder lágrimas tan de dentro que te acaban por secar. Un amor absorbente pero gratificante.

Aún así seguir. Fuerte. Contando una y mil noches con sus mil y un segundos para que no falte ni un latido. La eternidad de meses y la velocidad del día. Solo tener tiempo de suspirar, elevar la vista al cielo, notar por un instante que todo sigue igual y recibir el calor que te envuelve al abrir la fría ermita de Cabrera. Sentir la paz que consiguen esos ojos negros (solo con mirarlos). Saber que Él está ahí, como siempre cuando lo necesitas, como siempre que le pediste que se acordara de ti.

Y ver que la vela se apaga. Aún así seguir. Fuerte. Caminando juntos como el primer día y mirarlo con los ojos con los que una madre mira a un hijo porque en definitiva son la misma carne, la misma sangre. Escuchar una y otra vez su nombre como solo él sabe entonarlo. Tenerte a su lado, como el perro más fiel, como la criada más servicial. Hasta darlo todo, incluso la vida, como solo una madre puede hacerlo, como solo una hija como tú sabe hacerlo.

Y al fin sentir el frío del final del camino en las manos, el cariño en los ojos, la tranquilidad del que descansa, como el bebé que duerme con una sonrisa. El silencio. Ver que todo se acaba y no poder remediarlo. Buscar su olor en la ropa, su voz en casa, su silla ocupada… Pasar la última noche juntos en la distancia, porque ya no está. Derramar las últimas lágrimas con la mejor de las sonrisas.

Y ver en sus ojos negros, tristes, cansados (incluso de mirar), la felicidad plena de haber devuelto una caricia a quien le dio miles, de calmar el sufrimiento con la medicina de las palabras, de las caricias, de coger los brazos lánguidos que la abrazaron y que la abrazan (hoy también).

Y devolver la vida a quien un día se la dio. Volver sola pero satisfecha pues él estuvo cuando ella vino al mundo y ella cuando él lo dejo. Eternamente unidos por el eterno don del amor.

Porque no hay mejor trueque que el amor por el amor. ¿Me entendéis ahora?

Para Pilar, que solo es amor.

jueves 1 de noviembre de 2007

(ADLG)

Todos tenemos un ángel de la guarda (tú también) aunque dudo mucho que yo sea el tuyo, a pesar de que me llames así. Claro que me gustaría tener alas, estar ahí sin que lo pidas, como la sangre a la herida, pero no es el caso. Me gusta cuando me lo dices, no porque lo sienta de esa forma sino porque “el ángel de la guarda” (ADLG) esconde secretos (que no son gran cosa pero son nuestros), mensajes (el último de agobio o el primero de una fiesta, según se mire), sonrisas (algunas un poco incómodas como la de nuestra amiga Ester), lágrimas (que solo quiero recordar las que fueron causadas por la alegría), fotos y muchísimas cosas más (tú mejor que nadie lo sabe).

Cuando pienso que soy tu ángel de la guarda sonrío porque incluso durante cuatro años cuando hubo un paréntesis (como en esta carta, como a ti te gusta) siempre te sentí cerca, no tuve duda que era un paso, puede que un rodeo en nuestro camino para encontrarnos con mas fuerza. Un diálogo silencioso de miradas, de abrazos a distancia, de llamadas por hacer y cosas que decir. Siempre estuviste cerca aunque no nos enterábamos, aunque nos separaba una muralla de escasos centímetros.

¿Recuerdas nuestra carrera por la Gran Vía, tú por un lado de las columnas y yo por otro? ¿Te acuerdas de “la pastelera”? ¿De las escapadas en la hora de estudio con “la Cuasi” o “Choche” esperándonos para echarnos la bronca? ¿De las cuasi-reflejas? (Esto lo tienes que decir con tu entonación, si no, no tiene gracia) ¿De las fotos en la azotea del colegio y Amelia persiguiéndonos? ¿Del equipo de policía “la Escuadra”, buscando al delincuente invisible en la hora de inglés? ¿Te acuerdas de…? (Si esto ha servido para que sonrías como yo mientras lo escribo me doy por conforme) Qué bien lo hemos pasado ¿verdad? Ojalá nunca lo olvide.

Desde Virginia “la piña” la chica más alta de clase a Gyna una aspirante a psicóloga. Te veo feliz, ilusionada y me alegro. Sinceramente. Y me alegra aún más el encontrarme contigo una noche y que parezca que fue ayer mismo cuando nos acabamos de ver. Todo sigue igual.

He buscado una foto para ponerla aquí pero no he podido porque las mejores fotos las tengo en mi cabeza y no sería capaz de coger una que resumiera esto. Entendí que la mejor forma de mostrarlo, la mejor foto, eran las palabras, dejar que ellas hablaran y lo ilustraran. Y que seas tú la que ponga la banda sonora a mis letras (viniendo de ti, no se si alguna de Manolo García) pues yo ya la tengo y no es más que las voces, las canciones gritadas, las carcajadas, el aire, o el rumor del agua… y que seas tú quien continúes estas palabras (solo si quieres) y sigamos contando el uno con el otro o los unos con los otros, como siempre. Y que en unos días cuando carguemos con 50 años, nos encontremos en esta Salamanca y que sea como hoy o ayer. Viéndonos jóvenes con arrugas y una mochila con libros llenos de páginas escritas por nosotros. Y me sigas llamando “Ángel de la guarda” aunque no lo merezca. Como hoy…

Que tengas mucha suerte. Yo espero seguir ahí, a
tu lado, cerquita, a unos kilómetros de distancia.

domingo 21 de octubre de 2007

BUSCANDO

He intentado muchas veces escribir algo nuevo, pero no sabía qué. He pensado, he caminado y he encontrado.

Desde por la mañana, cuando me levanto entre las sábanas que no llegan a arroparme como las de allí, aunque lo intentan y abro el cajón y veo las estampas, de la Soledad, que me regaló la que regala lágrimas y besos al Cristo que duerme y me regaló noches que también echo de menos y mucho ¿Dónde está la magia? Y el Gran Poder, siempre al lado de mi mesa cuando estudio y que es otro regalo del que me enseña, me cuida y no me riñe (Cuanto echo en falta nuestros ratos, nuestras conversaciones y silencios. Esas tardes con algo siempre por hacer. Esos ratos que son mis ratos (Un día me gustaría escribir solo de ello, de él… y lo haré, lo prometo)) Cuando veo estas cosas inevitablemente me recuerda a mi casa. Lo mismo pasa cuando cada día desde la residencia hasta la universidad tengo que pasar por una calle que se llama “Calle Doctrinos” y digo para mí: y de la fe ¿qué quieres que piense en ese momento?

Caminando una tarde me escapé por Valladolid, busqué y entré en la Vera Cruz para sentir si aquellos muros querían adoptarme temporalmente. En su altar brilla una Virgen dolorosa (“…y una espada le atravesará el corazón”) que nada tiene que ver con la Inmaculada serena y sonriente de allí salvo las manos que las tallaron. En esta iglesia también hay un Lignum Crucis en el mismo sitio en el que está en la capilla de Salamanca. A un lado del altar un Ecce-Homo sentado, con cara de incertidumbre y una caña como cetro que me remite a “La Caña” sin quererlo y al otro lado Jesús atado a la columna que para mí es el de “Los Azotes”.

Y esque todo me recuerda a allí… Incluso en el paso del Descendimiento puedo ver nuestro descendimiento nuestro, Cristo envuelto en un sudario. Pero allí no hay cochera, ni cosas por hacer, ni por barrer, ni por tocar, ni por soñar…

Visité la iglesia del Nazareno, este arrodillado y en un altar, lejos, con la mano bendiciendo a quien lo mira. Diferente del “nuestro” que no te bendice con la mano, Él lo hace con la mirada, sonriendo y de pie, sin sufrimiento, abrazando la Cruz (como tú dices). En la misma iglesia, un crucificado adornado con cardos como Aquel. Y a la vuelta, ya de camino a la residencia parada obligada en la Virgen de las Angustias que en contenido es la misma y casi igual en la forma que la que a mí me gusta mirar y rezar. Esta es la primera que fui a ver.

Aquí hay muchas cosas de allí, pero claro, no son lo mismo… Aquí parchís es solo un juego. Allí es algo más, alguien más que aguantan al pesado que ha ido casi a diario a verlas en verano (cuando las 2 y media se llegaban volando). Os admiro. ¿Y qué decir de Rober…? Me va a buscar, me invita, me trae, me regala… No hay palabras, eres el mejor. Gente así se merece todo. Tampoco hay un secretario como el de allí, eso seguro, ni un paponin, ni un hermano fotos (pero si sus fotos), ni tantas cosas…

Aquí no hay cosas que necesito. Allí…

No se encuentra sino lo que se busca, y se busca lo que en cierto modo está escondido en lo más profundo y oscuro de nuestro corazón” (Ernesto Sábato)

Gracias por vuestras llamadas. Yo mientras os sigo buscando…

viernes 28 de septiembre de 2007

SEPTIEMBRE






Cada septiembre comenzaba algo diferente pero en el fondo igual. Septiembre siempre olía a libros nuevos, cuadernos, mochilas… Septiembre siempre me suena a cambio, hasta ahora cambios relativos. Por eso os pongo la carta que os leí en su día, por si alguno la quiere.
Sois parte de este camino. Ahí va.

Queridos amigos:

Empecé a escribir esta carta hace ya un tiempo y ante todo quería decir que mi carta no es una carta de adiós. Es simplemente una carta de gracias.

Me senté en mi mesa una tarde de tantas en las que el sol te recuerda constantemente que es primavera y que estás obligado a no disfrutar de ella. Entonces me tomé un respiro, un trozo de papel, un bolígrafo y muchas ganas. Dejé que solo fuera el corazón quien guiara las palabras que mi mano dibujaba, limitándome casi a ser un espectador de mis recuerdos, de mi vida.

Mi mente me llevó por sorpresa al primer día en este colegio. Ni siquiera tenía 3 años y no quedó lágrima alguna que derramar en aquella interminable mañana de septiembre sin mis papás. Todo un mundo nuevo y distinto a descubrir. A mi alrededor lo que a partir de ese momento sería mi segunda casa y niños, desconocidos que con el tiempo se tornaron en amigos me hacían compañía.

Tal día fue el primero y hoy el camino iniciado casi con el chupete como amuleto llega a su fin. Fin que a su vez es principio.

Ayer éramos unos enanos, locos bajitos como dice la canción, cuando nos conocimos, cuando el uniforme era nuestro mono de trabajo, cuando el tiempo no existía, cuando hacer una montaña de arena nos podía mantener entretenidos todo un recreo, o creerte un superhéroe con el baby a modo de capa ¡o un power-ranger! Cuando pintar con el dedo y no salirte era una especie de examen que tenias que superar, cuando empezamos a leer y compartir y colocarnos el abrigo suponía una de las mayores dificultades del día, porque claro, ya no había nadie que lo hiciera por nosotros… Cuando los juegos, los abrazos, los cuentos y los sueños eran nuestra mejor rutina.

Los cursos se hacían más difíciles y los amigos más fuertes. Con 11 años éramos los más adultos, tanto como para decidir, definitivamente que no queríamos saber nada de la otra clase ¿nosotros juntarnos con ellos? ¡Ni en broma! Y quién nos iba a decir que esta mezcla nos traería más y en algunos casos mejores amigos y como no, más recuerdos… el MTA, el rinconcito de la alegría, las clases de historia, de biología, de francés, de “mate”, de física, algún que otro desaguisado y un saco de anécdotas.

Hoy jóvenes, con proyectos, con metas, con decisiones en nuestras manos, con otros caminos diferentes que están a punto de comenzar, con un futuro por delante, un grato pasado y un balance positivo. Acaba una etapa y nace otra y a penas sin darnos cuenta… ¿Sabes? Dicen que cuando se te pasa el tiempo volando es porque has sido feliz y a mí estos 15 años se me han pasado como un abrir y cerrar de ojos ¿No os da pena?

Más de 3000 días juntos, 15 primaveras, 50 profesores, un puñado de excursiones, cientos de páginas, decenas de bolígrafos acabados, muchas gomas perdidas, cuadernos, fotos, libros, pinturas, discusiones, muchas alegrías, alguna lágrima e infinidad de recuerdos… infinidad de buenos recuerdos…

Es por eso que comencé esta carta diciendo que no era una carta de adiós sino de gracias. No sois más que vosotros los culpables de esos recuerdos que guardo como si de oro se tratara bajo llave, para que no se pierda ni uno solo.

Gracias. Gracias a ti por atender mis dudas en el momento en el que lo necesité, sin importar ni el lugar ni la hora. De verdad no sabes lo importante que ha sido tu ayuda. Gracias a ti por escucharme, por esas interminables llamadas. A ti por hacerme reír ¡y a ti también! (que sí, que sí, que ya lo sé, que son las gracias de siempre pero me da igual). Gracias a ti por aguantarme ¡que no es poco! Y a ti por sonreírme, que fue necesario. A ti por “chivarme”, por las llamadas perdidas que te recuerdan ¡Ey que me acuerdo de ti! Y por esos mensajes la noche antes del último examen que te anima, sin duda. Gracias por las noches de verano con las estrellas cómplices de la juerga y las de invierno, por los sueños compartidos, los secretos guardados y las metas alcanzadas, las fiestas del “cole” y las comidas después de los exámenes. Gracias por hacer esas larguísimas horas de clase algo ameno. Gracias por las risas, los abrazos y el calor, por preocuparte y por animarme. Por cada día, cada hora, cada canción…

En definitiva gracias por toda la vida, simplemente por estar ahí porque con vosotros, la palabra AMIGO me veo en la obligación de escribirla con mayúsculas.

Un día una amiga me dijo que la vida era como un libro que escribíamos día a día, página a página. Unos libros son más gordos que otros, unos son dramas, otros de aventuras y otros comedias. Y de mi libro, si de algo especial tiene y puedo presumir es que el capítulo que os dedico es uno de mis preferidos y de los más largos, de esos que nunca te aburres de releer aunque te lo sepas de memoria.

Todo esto y mucho más que no me daría tiempo a contar es lo que me quiero llevar de estos años ¡No pido más! Todo esto es lo que quiero recordar… ¿Habéis pensado lo que nos vamos a echar de menos?

Esto no es un adiós porque no quiero que lo sea. Esto es un gracias.

Un fuerte abrazo